Grito a viva voz

Cuando salgo a caminar
miro a ese punto
en el cielo,

más que un punto un agujero
que me obsesiona,
que me domina algunos días,
al cual odio si lo veo,
y odio también si no lo veo.

Me sigue día y noche,
en el trabajo, en casa,
en la plaza o mientras duermo,

se prende o se apaga.
No importa si está prendido o apagado,
lo que importa es que siempre tiene corriente,
siempre está presente.

Me mira, como este libro que estoy leyendo,
que no me responde—no me responde—
solo me mira con soberbia,

como si supiera más que yo,
como si la palabra escrita tuviera más valor

que un grito a viva voz, desesperanzado.

Busco la solución todos los días.
¿Qué solución, si no existe el problema?
Busco respuestas. Las busco y me pierdo
entre neuronas hiperactivas,
otras en huelga y algunas ya retiradas.

La respuesta es difícil de encontrar
cuando la pregunta no fue formulada.

Ese punto sigue ahí,
y seguirá siempre,
porque la respuesta es entender
que nunca sabremos la pregunta
.